el menosprecio de los economistas

A la vejez

He pensado todo el día en la tristeza, en este estado emocional que siente tanta gente a causa de la economía y la pandemia. He pensado en la de los jubilados de mi país luego de la lectura de un libro del escritor argentino Adolfo Bioy Casares, llamado “Diario de la guerra del cerdo”, una perturbadora novela publicada en 1969 a la edad de 55 años de edad.

La novela es una narración breve sobre una guerra entre los jóvenes y los viejos. Su protagonista es Isidoro Vidal, un jubilado que, al despertar, se entera que muchos jóvenes han resuelto agredir, amenazar y asesinar a los ancianos de Buenos Aires, específicamente del barrio Palermo.

El autor manifiesta en sus narraciones repletas de reflexiones a causa de una escritura profunda, clara e incómoda que los jóvenes ahí son seres llenos de violencia, maldad y odio. Para ellos, en el libro, asesinar o dañar a un anciano tiene que ver con matar el retrato que tendrán de ellos en el futuro, una forma de suicidio ante una imagen de futuro triste.

En las líneas de esta novela, pensaba en la realidad; en todas aquellas personas ancianas que fueron educadas en que hay que usar el tiempo solo en el trabajo bajo la orden del patrón y que la jubilación, no es alegría desmedida, más bien un contacto casi inmediato a la fosa del encierro.

Recordaba las estafas de las AFP y cajas de pensionados, que pusieron los recursos de cientos de mujeres y hombres en las manos de los delincuentes de Wall Street, los antiguos bolseros; recordaba a los encargados de comunicaciones de las diversas AFP chilenas que aparecen en los medios hablando de futuro de los jubilados viendo diariamente la huella de hambre que arrastran nuestros queridos viejos y con ellos, una gran cantidad de nietos que muchas veces les toca criar.

Pensaba en todos esos ingenieros comerciales y administradores de fluctuaciones bursátiles recién salidos de las universidad, muy parecidos a esa gran cantidad de jóvenes de la novela de Adolfo Bioy Casares. Gerentes recién titulados despreciando tal como la economía global a la vejez, a la lentitud, a la ceguera y a la improductividad aparente; porque cuando la lentitud aparece en la vida de un ser humano, un capitalista al otro lado del infinito, se siente ofendido y humillado.